viernes, 4 de junio de 2021

 Desprenderse de lo cotidiano,

de lo permanente que reproducimos 

más como costumbre que como deseo.

Evitar esta intimidad que incomoda,

entender que habitamos diferentes lugares, motivos, momentos;

resignar parte de la complicidad,

lo poco que nos queda

de esta complicidad

que muchas veces se traduce en profunda compañía.


Ser,

dejar(nos) ser,

desde no tan lejos

pero tampoco de tan cerca.


Aceptar que no fluimos. 


Volar, 

volar saliendo de este espacio 

que intentamos habitar 

porque estamos bajo un techo

en el que no sos ni soy.


No hay mañana.

Donde no es, hay que volar.





sábado, 29 de mayo de 2021

Cuando venía Malena sentía como el olor de la llegada de la primavera, pero esa parte linda realmente linda de la primavera, en donde se siente el olor de los tilos y jazmines, del cesped recién cortado y el sol brillando en su máximo esplendor.
La presencia de Malena era el té con leche con las tostadas calentitas y untadas con manteca y dulce una a una. El cariño de Malena, quizás, era un poco más peculiar, era algo más dura y retona que esa abuela tana rodeada de nietos todo el día. Malena rotaba, iba, venía, estaba un poco con unos, otro poco con otros. Volvía a su lugar, jugaba a la canasta con amogas, venía y participaba activamente de las cenas, de los encuentros sociales. Malena charlaba con mis amigas, con los amigos de mi papá, con los políticis, con la familia de la familia. Le gustaba la política, como a mí, aunque en un polo opuesto en nuestros tiempos. Leía, ¡cómo leía, diarios, revistas, cosas!
Malena era simpática, muy simpática. También muy inteligente y a veces muy muy dulce. Daba la mano, daba un mimito en el momento justo. Malena me enseñó a cocinar, me regaló mi primera batidora eléctrica, uno de los regalos más valiosos que habré recibido de por vida. Me enseñó lo básico para una torta, me dijo los secretos de las claras de huevo, de la crema para que no se corte. Me dejo practicar, practicar y practicar. Verla, ayudarla. Aprender a amar la cocina.
Malena era muy presente. Malena estaba. Malena me enseñó a estar. Con alegría y con tristeza, estar. Vivir. Malena le enseñó a Luis y Luis nos enseñó a nosotros, que hay que vivir, con la mayor alegría y amonía posible, vivir. Malena vivió con alegría, vivió mucho, de forma muy linda. La vida de Malena me genera muchas ganas de vivir la vida.
Malena nos dejó del todo. La despido con el corazón lleno de amor y el alma eternamente agradecida por su vida y su vida en la mía.

jueves, 6 de mayo de 2021

 


¿Dónde quedó el sueño de lo alterno, 

de lo distinto, 

de la fantasía que enciende 

para idear, inventar,

proyectar otra humanidad,

sobre todo más justa? 


Para soñar en estos tiempos,

se requiere de la valentía

de abrir bien los ojos

y aprender a apreciar

no solo lo maravilloso, lo bello,

lo que encandila, 

sino también a acercarse

y dejar de cubrir

lo triste, lo oscuro,

lo que parece no tener reparación;

porque descubrir es también

aprender a soñar

con quienes nos hemos acostumbrado

a no mirar.

 Somos hijas, hijos, nietos y nietas

de quienes enfrentaron al terror,

de quienes nos enseñaron a soñar con la esperanza

de que la primavera siempre vuelve a florecer. 


¿Cómo nos vamos a curar del espanto

de este sistema tan salvaje, 

si nos resignamos al olvido 

de los sueños, la esperanza, 

la fantasía, la idea de una sociedad más justa?


Necesitamos una humanidad que sienta,

que abran bien los ojos, 

que sueñe en clave colectiva,

que sea valiente,

porque ¡necesitamos crear una nueva civilización! 

miércoles, 5 de mayo de 2021

A veces, de vez en cuando, 

me doy cuenta que tengo problemas con mi cuerpo,

me refiero a esa construcción social y cultural 

que tenemos sobre los cuerpos,

esa concepción hegemónica que nos domina

y domina nuestra propia mirada. 


Es un cliché decirlo, 

pero es increíble que algo tan absurdo 

logre corrernos del plano 

de lo que de verdad

pasa en la vida. 

Porque veo que

cuando me individualizo, 

desconozco el valor de esta piel, 

de estos huesos,

de estos ojos 

y esta fuerza,

que me permiten 

moverme, oler, respirar, 

comer, dormir,

caminar, pedalear,

sentir el sol,

sentir la lluvia,

el placer, 

el dolor, 

reirme y llorar, 

en definitiva sentir con este cuerpo 

como primera línea para habitar este mundo. 

Al cuerpo lo que lo traiciona es la cabeza,

porque es tan absurdo,

como ridículo dedicar tiempo a 

a distraer a la mujer que habito

en lo bobo, en lo tonto, en lo superfluo. 


***


Lo que pasa es que nos toca habitar este mundo entre tanta angustia, 

que nos distraemos en lo fácil

y nos olvidamos de la posibilidad de lo alterno, 

de lo distinto, 

de la fantasía que enciende 

para idear, inventar, proyectar 

una sociedad sobre todo más justa. 


De verdad creo que sentir en este mundo

no consiste en lo biológico,

tampoco en lo civilizatorio, 

donde el objetivo de la vida es prolongarla porquesi;

sentir, en estos tiempos 

donde este mundo de tan acelerado que está, resulta aburrido, 

requiere de la voluntad de abrir bien grandes los ojos,

aprender no solo a apreciar lo finito,

lo fugaz, lo maravilloso y lo bello, 

sino también a acercarse,

a dejar de cubrir, porque descubrir es también

observar con atención aquello que 

como si estuviera tapado

nos acostumbramos a no mirar.


¿Es que cómo se puede descubrir más 

y mejores formas de vivir, 

si individualizamos esa búsqueda?

¿Por qué? ¿Por qué lo hacemos?

¿Por qué abstraemos nuestros cuerpos, 

nuestras vidas, juzgandolos, castigandolos,

dañandolos?

¿Por qué distraemos nuestras miradas?

¿Es que cómo aprendemos a construir 

un mundo mejor,

sin amor por lo propio,

sin amor por lo colectivo,

cómo vivimos si no soñamos

con vivir en un mundo mejor?


***


Sí, siempre la utopía presente. 

Es que si no estamos acá para vivir,

lo que de verdad se dice vivir con plena luz,

¿para qué vivimos? 


 

viernes, 16 de abril de 2021

 Abajo de los balcones, 

afuera de los palliers, 

lejos de esas cacerolas,

habita una realidad donde siempre

rige la oscuridad,

es una oscuridad tenue, 

como los atardeceres de domingo en el invierno,

como la oscuridad de esa hora a la que llamo la hora del vacío. 


Del otro lado de la queja por las libertades,

existe un un mundo donde no rigen los derechos,

no hay techo,

no hay comida,

no hay un lugar,

pero hay un tiempo que se vuelve infinito. 


Entre el tú y el yo, 

está el todo que nos rodea,

ese todo que a veces naturalizamos,

a veces intentamos no mirar

y a veces, con una miserable lástima,

accedemos a pispear a través de la culpa y la caridad.

 

Entre el tú y el yo

dejamos que se construya un mundo

tan individualista,

tan egoista,

tan narcisista,

que me da un poco, un poco no, 

bastante vergüenza

asumir que entre tu egoísmo y mi comodidad

somos garantes de esta miseria que siempre pareciera explotar.


Pareciera, porque siempre sigue, siempre se sostiene.

Esta humanidad que conocemos,

siempre saca una increíble creatividad para sobrevivir

excluyendo y haciendo que sobre

quien tenga que sobrar. 


Más temprano que tarde,

vos, yo, quienes nos rodean,

podemos estar en eso que hay entre el tu y el yo;

quizás sea tarde, 

quizás ya no haya esperanza,

pero el día que estemos en ese espacio que hay

entre el tú y el yo,

entendamos que la libertad, lo material, lo individual

es absolutamente finito, absurdo e intangible 

en este cruel mundo que habitamos. 



lunes, 5 de abril de 2021

¿Te acordas de cuando hablábamos del futuro, 

de ese entonces en que vos creías que había que asumir la adultez

y construir un proyecto en un lugar tranquilo,

mientras yo -un poco confundida- 

estaba obsesionada con la idea de hacer, 

exprimiendo la juventud 

y trabajando en ese modo de vivir que hoy veo tan lejano? 


Los objetivos eran tantos, 

que bien me advertiste de no tener en claro 

que quiero de mi vida

y pum

se bifurcaron extremamente nuestro caminos,

como todo se bifurca en este mundo.


Tenías razón.  

Pero hoy, 

hoy tampoco tengo en claro nada. 

El futuro no lo veo de ningún color,

porque simplemente no lo veo, 

no me lo imagino. 


Hace tanto que no me lo imagino.


Pregunto, sin querer caer en un tono acusatorio:

¿vos te lo imaginas,

vos, hoy, tenés en claro qué querés de tu vida?

¿es posible, en este mundo de hoy, 

saber cómo se quiere vivir la vida,

cómo pensarse a mediano o largo plazo?


Hace diez años identificaba en mi

esa madurez equilibrada de la que nos habló Paco Urondo,

esa madurez “capaz de enloquecer a cualquiera o aburrir de golpe”;

hoy abrazo bastante

una inmadurez que a veces me avergüenza

y otras veces me hace sentir un poco más viva,

quizás porque me aburrí de golpe,

por suerte no creo haberme enloquecido. 


Busco el sol, 

todo el tiempo busco el sol,

la naturaleza,

la risa,

lo simple,

lo cálido,

busco entrenar mi cerebro,

pero equilibrando esa búsqueda con un off de pensamientos. 


A veces, muchas veces,

siento culpa, no te puedo decir que no,

pero siento que vivo una vida

con ganas de ser vivida,

pese a no saber

qué hay mañana,

hacia dónde voy,

cuál es la responsabilidad que debería seguir.


Te pregunto, de nuevo te pregunto,

¿vos llevas una vida con ganas de ser vivida?

Lo pregunto, porque si me quedo lejos,

es porque me imagino que sí,

me da lastima ni siquiera verla,

a veces querría acercarme,

verla, estar cerca,

saber si tu vida y la mía

efectivamente no tienen nada que ver.


domingo, 27 de septiembre de 2020

El entrepiso en soledad

Ya está, nos dijeron. El pasillo, al lado de los ascensores, cobró otra dimensión. Todo parecía borroso y me empezó a latir muy fuerte el pecho, mi respiración había cambiado. Veía un montón de caras conocidas, pero no quise zambullirme en ningún abrazo.

Rápidamente identifiqué el cartel verde de las escaleras que decía SALIDA y bajé dos o tres pisos de la Clínica Favaloro. Me senté en un entrepiso y llamé a papá: se murió Lucas, informé. Corté el teléfono y me encontré con un silencio que aturdía.

Mi corazón me mostraba una sensación desconocida, el calor subía por mi cara, mientras un sudor frío recorría mi espalda. De a poco empezaron a caerme lágrimas, silenciosas y desenfrenadas. Lloraba sola, fuera de tiempo y espacio. No lo hice con ganas ni montando el espectáculo de siempre; lloré con calma y desolación, por los ojos, la nariz y el cuerpo, hasta lograr compostura y volver al piso 14. 


domingo, 3 de mayo de 2020

Es que no entiendo si estamos en una competencia o si se está destilando odio descomunal.
Nunca pude entender esa necesidad que algunas personas sienten por enojarse, resentirse o creerse ninguneadas por el reconocimiento a otras.
Sí, podemos pensarlo en términos salariales.
Pero es un fenómenos que se observa también en términos morales.
Qué es eso de hacer competencia, pegarnos a codazos o intentar destacarnos sólo por el reconocimiento de lxs de arriba.
¿Acaso se perdió el deseo por la legitimidad de los pares?
¿O es que acaso, aún peor, hay quienes no quieren concebir a la compañera o al compañero como par, al laburante como igual?
¿Es tan importante en serio, que tracemos categorías, dividamos nuestras profesiones, nuestros oficios, nuestras labores; para utilizar esa división como arma contra el de al lado?
Es que en serio no lo entiendo. Me parece un fenómeno de lo más extraño.
Entiendo que peco de utópica
al pretender que todas y todos podamos tener los mismos derechos,
el mismo acceso a cuestiones tan pero básicas.
Pero, ¿no es un poco mucho esta necesidad latente
de compararnos los unos con los otros,
esperar que a mi me vaya mejor a costa de que al otro le vaya peor;
o pretender que si a mi no me va que al otro tampoco le vaya?

Pensándolo en términos materiales,
yo creo que seguimos viviendo en un mundo
dividido entre los que trabajamos,
y los que viven (se enriquecen) con nuestro trabajo.
Ojalá hagamos el esfuerzo de entender
el complejo plano estructural de quienes manejan el capital
pero muy lejos están de nuestra vida real.

Lo que me angustia,
me duele en términos de civilización,
en términos de cultura.
Si quieren en términos espirituales,
que en definitiva, para comer, para vivir
somos mayoría quienes necesitamos de nuestra fuerza de trabajo.
¿Entonces, en serio, qué carajo nos diferencia?