miércoles, 29 de abril de 2020

En 2079

Dicen que hoy pasó cerca nuestro un asteroide, que volverá a pasar un poquito más cerca en 2079. En 2079, si estoy viva, voy a tener 89 años. Seguramente no habitarán este planeta la mayoría de las personas que hoy quisiera abrazar. El futurismo que puede hacerse para ese entonces es incierto.

¿Qué males nos van a aquejar?
¿Estaremos sometidos a guerras bacteriológicas, ordenados por el dinero y entregados al descarte?
¿Acaso nos convertiremos en individuos cada vez más alejados de lo vincular o, por el contrario, aprovecharemos alguna oportunidad histórica para creer en la fuerza de lo vincular y de lo colectivo?

Me gusta pensar que cuando el "Asteroide 1998" vuelva a pasar por nuestro planeta,
estará habitado por seres humanos que quieran con más profundidad,
que convivan en un ambiente con mayor armonía y respeto,
donde todo sea más verde, con más colores,
que acepten que la cultura se transforma
y que mientras se la defienda,
será reproductora de arte,
de creatividad,
de "alimento para el alma".

Quiero pensar que aprenderemos a resolver los problemas de forma estructural,
que pensaremos la liberad en otros términos, 
¿qué es ser libres?
Creo y sueño con la profundidad de las personas, 
pienso en las playas, ríos y bosques que quedan por conocer, 
en las flores por descubrir, 
en los libros por leer que atrapen y hagan volar, 
en nuevas sensaciones por sentir.

Pienso, voy y vengo, pero sueño, sueño y sigo soñando. La utopía no la voy a perder, que a mi Galeano me enseñó que sirve para caminar.

jueves, 23 de abril de 2020

Sube y baja cuarentenal

Ya no sé ni qué número de día conviviendo conmigo misma. Duermo poco, la soledad me ha convertido en una persona más disciplinada que "en la vida normal". A veces me miro las manos, respiro profundo, miro el sol, escucho el sonido. Pienso que por mis venas corre sangre, corre oxigeno, corre vitalidad. Y acá estoy. Encerrada. Los días suceden así. Para mi sorpresa, me quede (nos quedamos) sin palabras y sin alcance sobre los fenómenos de lo que pasa afuera. Y los miles de millones condenadas y condenados a más miseria. Y la miseria profundizada por un enemigo hoy invisible, pero a futuro no tan invisible. Qué hacemos con eso. Mientras tanto miro cómo nos vigilamos, cómo nos condenamos, cómo nos castigamos. Igual hay días que me despierto utópica, siempre con la premisa de que toda crisis es una oportunidad para los pueblos. Hay días que siento profundo orgullo por nuestro país, pero a decir verdad también hay días en que siento profunda impotencia y reconozco que masivamente hemos caído en una comodidad que este virus sólo ha venido a graficarlo, no es que la ha generado. Tonta no soy, entiendo la limitación propia del confinamiento, hablo de otra cosa. Los más tristes son los días en que la humanidad decepciona, angustia, provoca rabia. Enoja que el nuevo orden mundial se pueda llegar a determinar por miles de millones de sumisiones individuales (individualistas). No quiero ser cruel. Subo, bajo, me estabilizo. Me conecto, me desconecto. Intento abrazar virtualmente y después me enojo con la virtualidad. Quiero vínculos reales, basta de tecnología. Ay, pero los días buenos, qué lindos son los afectos y cómo incluso de forma virtual te levantan. Arriba. Abajo. Conectada. Desconectada. Enojada. Contenta. Sigo, como todes, en mi micromundo. Solo me queda desear que el invierno no nos saque el sol, que es el que siempre nos renueva la esperanza. Somos eso. Solo queremos ver el sol brillar. 

martes, 14 de abril de 2020

Otoño pandémico

Extraño tu olor,
tu voz enternecedora de la mañana,
tus historias,
tus chistes,
tus reflexiones,
tus abrazos,
tu inconsciente dormido
queriéndome un poquito más
de lo que me podes querer.

Este otoño pandémico,
esa distancia,
ese silencio,
llegan con el frío
que pareciera estar llegando
para olvidarnos que existió la calidez.

Este otoño pandémico,
quizás,
sirve para entender
que a veces esta mal extrañar
lo que nunca nos perteneció.

Quizás sirve
para finalmente abstraernos
y olvidarnos.


domingo, 15 de diciembre de 2019

Busco la libertad de mi sentir,
busco sentirme liviana,
sin explicaciones,
sin condicionamientos,
solo sentir.

Hoy siento que no puedo sentir,
que no puedo expresar,
que no puedo desear.

Vos sé, viví, sentí, deseá.
Pero yo, así, con vos,
no termino de vivir,
de vivir,
de sentir
ni de desear,
porque estoy atada
del no poder,
del hasta acá,
del no digas
ni demandes,
porque sino todo se
quiebra.

Que soy yo,
que es mi inconformismo;
ya no lo sé.

Nos merecemos cosas lindas,
tenemos que hacer que cosas lindas nos sucedan

y así
no suceden.

Nunca dejemos de buscar
la libertad

lunes, 18 de marzo de 2019

Soltar(te)

Y de repente tuve que buscar herramientas
que me ayuden a acercarme al olvido.

No es fácil
cuando la rutina
nos ha (a)cercado
en el día
y en la noche,
en lo personal
y en lo colectivo.

No hemos podido querernos
más allá de nuestras subjetividades:
vos no pudiste asincerarte
ni con tus propios sentimientos;
yo no puedo ver más allá
de mis propias debilidades.

Ya no te juzgo.
Me juzgo a mi,
por sentir tanta disconformidad
por la innecesaria complejidad
que construimos
en lo que fuimos,
en lo que somos,
en lo que pudimos ser.

Entonces me agarra el impulso,
intentando salir rápido de acá,
y agarro nuestro chat,
que es casi como un diario de nuestro vínculo.
Lo reviso. Fechas. Fotos.
El cliché de siempre.

Intento entender hacia donde mutamos,
que espero yo,
que esperas vos.
Vos también te conformas
y no puedo aceptar que lo hagas.

No logramos trascender
hacia algo más sano
o algo más lindo.
Ya no me haces bien
y yo me enojo.
Lo sé, tampoco te hago bien
y me estoy convirtiendo
en algo tóxico.
No quiero ser eso,
ni para vos ni para mi.

Hoy,
si de vos me dijeran
que nos podemos encontrar
en otro momento,
yo les diría que ya no quiero.
No porque no te quiera,
sino porque descreo
de nuestra capacidad de poder hacerlo.

Es como una especie de decepción.
Decido borrar el chat completo,
con el mismo deseo de borrar algo
que escribí y no me gusta;
con las mismas ganas de que exista
la maquina de Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos.

Ahora me queda poner en práctica
la distancia
para poder
soltar(te)
y, quizás, poder
reconvertir(nos).


sábado, 9 de febrero de 2019

Veinte mil días más

08/02/19

Queremos que sea simple, dijimos los enroscados. Es que cómo hacerlo simple si estamos sumergidos en tus no sé y en mis inseguridades. Qué no sabes, no querés tampoco saberlo. Ante la duda, mejor dejar que la psiquis trabaje y opere sola. Inseguridades por qué, pensarás, y yo respondo que si entendiera los por qué sería algo ya tan trabajado que hace rato lo hubiese convertido en fuerza que me ponga en otro lado. No soy el victimario, decís vos; bueno, yo no quiero ser ni parecer la victima, te digo yo. Este es otro capítulo fundado en las palabras insuficientes, en las que no pude decir, en los gestos que no me permito -ni me permitís- expresar. Si hoy me preguntaras qué quiero con vos, diría que poder darte un amor libre y en libertad. Libre de qué, pensarás; de nosotros mismos, en lo más amplio del concepto. Y diría que hoy, hoy si quisiera que vos también sientas ese amor, libre, pero amor al fin. Pero con vos aprendí a hablar de deseo y de demanda. Entendí que nada de lo que se exige se sostiene en el tiempo. Y como puedo atreverme a tirar de la soga con alguien con quien no sabemos cual fue, es o será el vínculo, cómo mutará o a donde nos conducirá. Pero en todo eso hay algo en lo que coincidimos, nos queremos en nuestras vidas -de x forma- hasta dentro de por lo menos veinte mil días. Y no sabemos ni cómo vamos a ser ni que vamos a hacer. ¿Será que está dependencia seguirá o será que trascenderemos a un estadio desconocido? Vos me lo dijiste una de las primeras charlas, en un bar, en el medio de todos bailando: vos y yo nos vamos a encontrar siempre. Y no me lo dijiste desde el romance, me lo dijiste desde lo humano. Y yo hoy, desde el romance, solo deseo que no haya romance, sexualidad, amistad o circunstancia alguna que nos corra de esa conexión auténtica (quizás lo único verdaderamente simple) que no se si será para siempre, pero ojalá que eso dure por unos veinte mil días más.

viernes, 23 de noviembre de 2018

Los aires de verano hoy me recordaron
la rara sensación de aquel verano
el desazón del comienzo sin razón
horas y horas de lectura,
largas noches de silencio porteño
inmerso en enero y su viento...

Largas horas de hospital,
que más lindas eran,
del departamento vacío
en soledad...

Años más tarde siento esos aires,
leo otros libros,
vivo el mismo silencio,

pero ya paso la desazón
el viento cambió
y el vacío ya no 

Qué distinto es el infierno de lo que nos dicen que es, otra vez estas cuatro paredes... 


Recién vino Clarita a despertarnos y darnos la primera medicación del día. Dale, a ver, levantá la lengua, me dice y como ve que estoy cumpliendo me desata las manos y los pies de la camilla. 


Al lado mío está Juana, hoy parece que tampoco va a ser un día fácil para ella, no quiere tomar las pastillas y se levantó histriónica como nunca. Me siento un poco mal al verla y juzgarla, porque yo a veces también me pongo así y sé que es lo que nos tocó, lo que nos sale, no lo podemos controlar. Es lo más cercana a una amiga que tengo acá adentro, pero yo estoy abstraída y ella está rebelada contra este lugar. Hay días que me pasa, cada vez menos. Hoy, de nuevo, la dejan atada.


¿Tenés ganas de ir al taller de manualidades? -me pregunta Clarita, que es la única acompañante que nos trata como personas-

Sí, hoy me siento con ganas -le confieso-, tengo ganas de seguir con el regalo de mi hija, que dentro de poquito cumple 9 años.

¡9 años, qué grande debe estar!


Me dan ganas de llorar cuando pienso que mi hija está grande y no la veo. Mientras Clarita me ayuda a vestirme, voy pensando en cómo me perdí de este año tan distinto para mi hija, cómo se sentirá con su papá, qué pensará de mí. ¿Estará enojada? ¿Me odiará? Muchas veces creo que me odia, además de tenerme miedo. Sé que tiene miedo, porque una de las últimas veces que la vi me lo dijo. Por eso, sé que tengo que estar lejos de ella, tengo que mejorar para que no me tenga miedo, tengo que salir bien de acá para verla crecer y que no me odie.


Me repito, una y otra vez, mientras miro a mi alrededor, las ganas que tengo de vivir, de salir de acá, de estar bien. Es curioso cómo los distintos humores de cada día nos hacen enfrentarnos a la cotidianidad de modos radicalmente diferentes. Creo que hoy no me molestan los gritos, las peleas, los llantos o las locuras. Las locuras que yo también tengo. 


Estamos atravesando procesos en este lugar. ¡A veces son tantos! ¡A veces la vida se vuelve tan vacía y sin sentido! Siento que estoy yendo hacia algo mejor. Me gustaría que mis hijos más grandes me viniesen a ver hoy, que vean que no soy la misma, tampoco soy la de antes de estar enferma, pero ya no estoy como en esa etapa. Ellos no me tienen miedo, me entienden más, pero a veces también me odian, por eso se alejan, por eso me dejan sola. Quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir, hijitos míos...


Pero cómo hacerles entender esto, mi mente se aleja unos meses atrás y no creo posible haber hecho eso. Intento clarificar el momento en que me escapé de mi propio hijo para ir a la farmacia, comprar los medicamentos y... ¿después? ¿Qué sigue después? Como siempre, se me nubla todo una vez más… Quiero llorar de nuevo, tengo que pensar en otra cosa. Pero vuelvo de nuevo a esas pastillas, que a veces no quiero tomar y otras veces quiero tomarme todas para no pensar. Como esa vez, esa vez que me metí tantas pastillas para dejar de sentir... 


Qué vergüenza, no puedo tener otra cosa que vergüenza, de que mi hijo -ese hijo que también ha querido morir-, haya tenido que encontrarme así, llena de sangre, creyendo que perdiendo lágrimas y sangre iba a encontrar la paz que nunca llega. También le tocó aquella otra vez, no sé si la peor pero sí de las peores, cuando entró corriendo al departamento de Thames y llegó a agarrarme justito mientras me sentaba en el marco de la ventana de aquel piso 10. Pero él sigue cuidándome, va como un lobo contra el mundo para defenderme, es el único que siempre me creyó. Pero está cansado, ya no me cree tanto y eso es lo que más triste me pone.


Ahora ya no tengo ganas de nada, no me sirven estas pastillas, no me alcanzan. Se me fueron de nuevo las ganas de vivir, esta cabeza de porquería que con los pensamientos de mierda inundaron todo, de nuevo. ¡Y justo ahora que está quedando lindo el diario para mi hija! Si no se lo dejo así, que le quede esto, ya está, ya veré, quizás ni siquiera le gusta. ¿Qué le gustará? ¿Qué te gustará, hijita? 


Me están mirando, todos me miran, los que yo miraba hace un rato en cada uno de sus shows. Ahora soy yo la que está dando la función de llanto.


Vamos, tranquilízate.

No, no, no, ¡¡¡déjenme!!!

Dale, vení, es por tu bien... Abrí la boca. -Me dice Rosario, la enfermera que me odia, mientras me agarran entre tres-.





lunes, 12 de noviembre de 2018

De soltar y necesitar

12/11/18 

Anoche mientras dormías
pensé en soltarte,
al compás del insomnio
lo pensé una, dos, tres y muchas veces.

No sé cómo se construye
esto que pasa.
Tampoco sé como se equilibran
tus dudas y mis miedos,
cómo acaso puedo ser tu refugio
y, a la vez, tu prescindible.

Sí. Porque lo soy.
Me necesitas
sin buscarlo ni entenderlo,
pero sé, en serio sé,
que al mismo tiempo
algo de mi no te alcanza.

Anoche mientras dormías,
mientras deseaba que me abraces
y no me sueltes;
mientras deseaba que me mires
acariciándome con la mirada,
como muy de vez en cuando lo haces,
pensaba en soltarte.

Sí, ni una, ni dos, ni tres.
Ni hoy ni sólo anoche.
Muchas veces son las que pienso en soltarte.

Después me duermo,
al rato me despierto y te veo,
con ese parpadeo tan tuyo,
y ahí sutilmente encuentro esa caricia
a través de la mirada.
Me decís, entonces,
que arriba,
que me haces un mate,
y es cuando me motorizas,
porque siempre hay algo más
para que hagamos por delante.

Entonces, recién entonces,
me pregunto cómo podría soltarte.