sábado, 9 de febrero de 2019
Veinte mil días más
viernes, 23 de noviembre de 2018
la rara sensación de aquel verano
el desazón del comienzo sin razón
horas y horas de lectura,
largas noches de silencio porteño
inmerso en enero y su viento...
Largas horas de hospital,
que más lindas eran,
del departamento vacío
en soledad...
Años más tarde siento esos aires,
leo otros libros,
vivo el mismo silencio,
pero ya paso la desazón
el viento cambió
y el vacío ya no
Qué distinto es el infierno de lo que nos dicen que es, otra vez estas cuatro paredes...
Recién vino Clarita a despertarnos y darnos la primera medicación del día. Dale, a ver, levantá la lengua, me dice y como ve que estoy cumpliendo me desata las manos y los pies de la camilla.
Al lado mío está Juana, hoy parece que tampoco va a ser un día fácil para ella, no quiere tomar las pastillas y se levantó histriónica como nunca. Me siento un poco mal al verla y juzgarla, porque yo a veces también me pongo así y sé que es lo que nos tocó, lo que nos sale, no lo podemos controlar. Es lo más cercana a una amiga que tengo acá adentro, pero yo estoy abstraída y ella está rebelada contra este lugar. Hay días que me pasa, cada vez menos. Hoy, de nuevo, la dejan atada.
— ¿Tenés ganas de ir al taller de manualidades? -me pregunta Clarita, que es la única acompañante que nos trata como personas-
— Sí, hoy me siento con ganas -le confieso-, tengo ganas de seguir con el regalo de mi hija, que dentro de poquito cumple 9 años.
—¡9 años, qué grande debe estar!
Me dan ganas de llorar cuando pienso que mi hija está grande y no la veo. Mientras Clarita me ayuda a vestirme, voy pensando en cómo me perdí de este año tan distinto para mi hija, cómo se sentirá con su papá, qué pensará de mí. ¿Estará enojada? ¿Me odiará? Muchas veces creo que me odia, además de tenerme miedo. Sé que tiene miedo, porque una de las últimas veces que la vi me lo dijo. Por eso, sé que tengo que estar lejos de ella, tengo que mejorar para que no me tenga miedo, tengo que salir bien de acá para verla crecer y que no me odie.
Me repito, una y otra vez, mientras miro a mi alrededor, las ganas que tengo de vivir, de salir de acá, de estar bien. Es curioso cómo los distintos humores de cada día nos hacen enfrentarnos a la cotidianidad de modos radicalmente diferentes. Creo que hoy no me molestan los gritos, las peleas, los llantos o las locuras. Las locuras que yo también tengo.
Estamos atravesando procesos en este lugar. ¡A veces son tantos! ¡A veces la vida se vuelve tan vacía y sin sentido! Siento que estoy yendo hacia algo mejor. Me gustaría que mis hijos más grandes me viniesen a ver hoy, que vean que no soy la misma, tampoco soy la de antes de estar enferma, pero ya no estoy como en esa etapa. Ellos no me tienen miedo, me entienden más, pero a veces también me odian, por eso se alejan, por eso me dejan sola. Quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir, hijitos míos...
Pero cómo hacerles entender esto, mi mente se aleja unos meses atrás y no creo posible haber hecho eso. Intento clarificar el momento en que me escapé de mi propio hijo para ir a la farmacia, comprar los medicamentos y... ¿después? ¿Qué sigue después? Como siempre, se me nubla todo una vez más… Quiero llorar de nuevo, tengo que pensar en otra cosa. Pero vuelvo de nuevo a esas pastillas, que a veces no quiero tomar y otras veces quiero tomarme todas para no pensar. Como esa vez, esa vez que me metí tantas pastillas para dejar de sentir...
Qué vergüenza, no puedo tener otra cosa que vergüenza, de que mi hijo -ese hijo que también ha querido morir-, haya tenido que encontrarme así, llena de sangre, creyendo que perdiendo lágrimas y sangre iba a encontrar la paz que nunca llega. También le tocó aquella otra vez, no sé si la peor pero sí de las peores, cuando entró corriendo al departamento de Thames y llegó a agarrarme justito mientras me sentaba en el marco de la ventana de aquel piso 10. Pero él sigue cuidándome, va como un lobo contra el mundo para defenderme, es el único que siempre me creyó. Pero está cansado, ya no me cree tanto y eso es lo que más triste me pone.
Ahora ya no tengo ganas de nada, no me sirven estas pastillas, no me alcanzan. Se me fueron de nuevo las ganas de vivir, esta cabeza de porquería que con los pensamientos de mierda inundaron todo, de nuevo. ¡Y justo ahora que está quedando lindo el diario para mi hija! Si no se lo dejo así, que le quede esto, ya está, ya veré, quizás ni siquiera le gusta. ¿Qué le gustará? ¿Qué te gustará, hijita?
Me están mirando, todos me miran, los que yo miraba hace un rato en cada uno de sus shows. Ahora soy yo la que está dando la función de llanto.
— Vamos, tranquilízate.
— No, no, no, ¡¡¡déjenme!!!
— Dale, vení, es por tu bien... Abrí la boca. -Me dice Rosario, la enfermera que me odia, mientras me agarran entre tres-.
lunes, 12 de noviembre de 2018
De soltar y necesitar
Anoche mientras dormías
pensé en soltarte,
al compás del insomnio
lo pensé una, dos, tres y muchas veces.
No sé cómo se construye
esto que pasa.
Tampoco sé como se equilibran
tus dudas y mis miedos,
cómo acaso puedo ser tu refugio
y, a la vez, tu prescindible.
Sí. Porque lo soy.
Me necesitas
sin buscarlo ni entenderlo,
pero sé, en serio sé,
que al mismo tiempo
algo de mi no te alcanza.
Anoche mientras dormías,
mientras deseaba que me abraces
y no me sueltes;
mientras deseaba que me mires
acariciándome con la mirada,
como muy de vez en cuando lo haces,
pensaba en soltarte.
Sí, ni una, ni dos, ni tres.
Ni hoy ni sólo anoche.
Muchas veces son las que pienso en soltarte.
Después me duermo,
al rato me despierto y te veo,
con ese parpadeo tan tuyo,
y ahí sutilmente encuentro esa caricia
a través de la mirada.
Me decís, entonces,
que arriba,
que me haces un mate,
y es cuando me motorizas,
porque siempre hay algo más
para que hagamos por delante.
Entonces, recién entonces,
me pregunto cómo podría soltarte.
lunes, 29 de octubre de 2018
jueves, 25 de octubre de 2018
Sí, no me preguntes cómo, pero tengo esperanzas.
Dejame pensar que es posible
que pronto nos vamos a levantar,
que no nos vamos a resignar a que esto vaya para peor.
Antes del futuro vamos a vencer.
Dejame pensar que tenemos una memoria colectiva
de cada saqueo que nos costó la vida,
de cada miseria planificada que arrojó a millones a la pobreza,
de cada crisis que recién se vio expresada por el hambre extremo.
Porque la vida es lucha.
Dejame pensar que por cada noche oscura
resistimos haciendo florecer la primavera,
que cada vez que nos pusieron en la peor de las adversidades,
pudimos rescatar a la más profunda prepotencia por vivir.
Es colectivo.
Dejame pensar , que no es por mi,
ni por el sálvese quien pueda,
porque no te olvides que nuestro mar de fueguitos es colectivo
e ilumina a un continente donde no entra un FMI,
donde no es posible una Patria sin empleo,
donde se reniega de un mundo socialmente injusto
y civilizatoriamente violento,
irradiando, en cambio, una humanidad profundamente bondadosa.
Dejame creer en la esperanza,
porque cada vez que creímos
pudimos soñar más allá de la utopía.
lunes, 12 de junio de 2017
y fue así que tuve que enterrar esta historia
que tiene más nostalgia de lo que pudo haber sido
a cuestión concreta de lo que fue.
Aún así, no hay un solo día sin recordar lo poco que fue;
ni siquiera en los lugares en los que anhelaba que compartiéramos algún día,
sea la cabaña del limay
o sean los viajes en ruta por la provincia.
Quiero la maquina de eterno resplandor de una mente sin recuerdos,
empezar por borrar el mar, los acantilados, las estrellas y las noches de verano.
Quiero el olvido, para dejar de sentir que somos olvido,
que soy su olvido,
sobre todo porque nunca voy a poder explicarle al orgullo
que mi error fue ser razón por esencia, por encima del corazón;
y que hoy desprecio que aquella tardecita de verano
me haya gobernado la razón
sábado, 12 de septiembre de 2015
A la enfermedad de la memoria
*A mi amiga, hermana, Atenas Vila, tesista de la memoria y la no memoria. Tarde, pero seguro
